Hace 100 años, en Perú, un tipo alto que era profesor de historia de
la Universidad de Yale abandonó su campamento en un valle al noroeste de
Cusco, y atravesó la selva entre las nubes hasta llegar a una
cordillera a más de 2.200 metros sobre el nivel del mar. Allí, sobre el
atronador río Urubamba, encontró una antigua ciudadela de piedra:
terrazas esculpidas y tumbas, edificios de granito y paredes pulidas
cubiertas por siglos de viñas y vegetación.
Hiram Bingham se había encontrado con el lugar inca de Machu Picchu,
que él creía era la “ciudad perdida de los incas”. “Machu Picchu podrían
ser las ruinas más importantes jamás descubiertas en América del Sur
desde los tiempos de la conquista española”, escribió en un número de
National Geographic de 1913.Pero sus palabras llevaban a engaño. Bingham no había “descubierto”
Machu Picchu. Tampoco estaba “perdido”, Puede que él alertara de su
existencia al mundo académico occidental, ya que no había menciones a él
en las crónicas de los invasores españoles, pero los pueblos indígenas
de la zona tenían que conocer su existencia. Y sin embargo Christopher
Heaney, investigador en la Universidad de Texas y autor de un libro
sobre Hiram Bingham, asegura que el historiador se quedó asombrado al
descubrir a una familia indígena que vivía cerca de la ciudadela.
“Cuando escaló la montaña se sorprendió al encontrar a una familia
indígena en lo alto”, dijo. Lo que resulta difícil de entender es la
propia sorpresa de Bingham.

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